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Tomás Romay: iniciador de la Medicina Cubana
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En
la Cuba colonial la profesión de médico
era considerada propia de la gente baja y por tanto
poco estimada. Era una época donde la cultura
de los médicos se hacía notar por su extraordinaria
deficiencia. Sin embargo, un hombre, inspirado por su
vocación, desobedeció los convencionalismos
sociales, escogió la carrera de medicina, y se
convirtió en el iniciador de la Medicina Cubana.
Ese hombre fue el Doctor Tomás Romay.
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Tomás
José Domingo Rafael del Rosario Romay y Chacón
nació el 21 de diciembre de 1747, en La Habana. Tras
titularse Bachiller en Artes el 24 de marzo de 1783 comenzó
los estudios de Jurisprudencia en el Seminario de San Carlos,
los cuales abandonaría convencido de que, como le había
argumentado su tío Fray Pedro "el abogado estaba
expuesto a mayor responsabilidad de conciencia", ser médico.
Romay obtuvo
el título de Bachiller en Medicina 1789. En aquellos
tiempos esta condición no autorizaba a ejercer la profesión.
Para ello se requería hacer dos años de práctica
con un médico experimentado. Al cumplir con esta disposición
se presentó a examen ante el Real Tribunal del Protomedicato.
En dicho acto, los doctores Julián Recio de Oquendo
y Matías Cantos le admitieron al "uso y ejercicio
de la Medicina" y le concedieron "licencia para
ejercerla, enseñarla y hacer todo lo demás que
deben los maestros examinadores". El hecho, ocurrido
el 12 de septiembre de 1791, convirtió a Romay en el
trigésimo tercer graduado de Medicina en Cuba.
Ese
mismo año se presentó como aspirante a la cátedra
de Patología en la Real y Pontificia Universidad de
La Habana, con una tesis sobre contagio de la tisis, la cual
logró por oposición el 6 de diciembre. A título
de catedrático obtuvo los títulos de Licenciado
y Doctor en Medicina el 24 de diciembre de 1791 y el 24 de
junio de 1792, respectivamente.
Mientras
cumplía los dos años de práctica médica
con el doctor Sacramento, fundó en 1790, con el Gobernador
Don Luis de Las Casas, el Papel Periódico de la Havana,
primera publicación periódica cubana de la que
fue su primer redactor y director y cuya vida se extendió
hasta 1848.
El
17 de enero de 1793 ingresó en calidad de socio numerario
en la Sociedad Patriótica de Amigos del País,
organización de la que también fue cofundador
con Las Casas. Por espacio de 50 años desempeñó
la tarea humanitaria de su profesión en la Real Casa
de Beneficencia, que también fundaran ambos por entonces.
En
relación con su desempeño como catedrático,
su biógrafo, el doctor López Sánchez,
escribió que Romay "se limitó en su cátedra
a tratar acerca de las lesiones, a indagar los síntomas
y a enseñar a inquirirlos, con lo que le imprimió
a su asignatura una importancia extraordinariamente superior
a lo que correspondía en el pausado movimiento de aquellas
horas".
Con
motivo de llegar al puerto habanero la escuadra al mando del
General Aristizábal, con una tripulación que
venía infectada de fiebre amarilla, e impulsado sólo
por su amor a la ciencia y a la humanidad, dedicó Romay
todas sus fuerzas a luchar contra la epidemia.
Como
resultado de sus observaciones al respecto, confeccionó
y presentó en la Sociedad Patriótica, en abril
de 1797, la memoria titulada Disertación sobre la fiebre
maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad
epidémica de las Indias Occidentales, la cual se convirtió
en la monografía que inauguró la bibliografía
científica cubana e hizo a su ilustre autor merecedor
del honor de ser nombrado Socio Corresponsal de la Real Academia
Matritense.
Pero
la hazaña que inmortalizó su nombre fue haber
introducido y propagado la vacuna en Cuba a partir de febrero
de 1804, luego de estudiar la información que obtenía
acerca del descubrimiento de Edward Jenner en Europa, abandonar
las comodidades del hogar para marchar al interior de la isla
en busca de ansiado virus y de arriesgar la vida de sus hijos,
a quienes utilizó como sujetos de prueba para vencer
los temores, dudas y vacilaciones respecto a su efectividad.
La
inspiración de este aporte fue la existencia de una
epidemia de viruela, iniciada en diciembre de 1803, que causó
serios daños en enero de 1804 y amenazaba con extenderse
a la llegada del verano; así como el conocimiento de
que demoraría en arribar a La Habana la expedición
enviada al Nuevo Mundo por el Rey Carlos IV al mando de Francisco
Xavier de Balmis, la cual traía consigo el virus salvador.
Cuando
el 26 de mayo llegó esa expedición al puerto
habanero, ya se había propagado la vacuna por toda
la isla gracias a Romay, quien la estaba aplicando con éxito
desde el 12 de febrero. Después de esto, se consagró
durante más de tres décadas a la vacunación
antivariólica.
En
1833 se produjo en Cuba la tan temida aparición del
cólera, luego de causar terribles estragos en Asia
y Europa. Esa epidemia, que produjo en un solo día
435 defunciones en La Habana y llevó a la muerte a
una de sus hijas, fue también motivo de su dedicación.
A pesar de sus entonces 69 años de edad, estuvo en
primera línea en la lucha contra ella.
Romay,
a quien por sus acciones de prevención de enfermedades
y de promoción de la salud se considera el primer higienista
cubano, fue hombre de carácter firme, estudioso, investigador,
audaz, persistente, trabajador, honesto y valiente, cumplidor
de su deber y eficiente servidor de la sociedad.
Se
le acredita una contribución considerable al progreso
de la cultura cubana, especialmente en Medicina, Química,
Botánica, Higiene y educación en general. Introdujo
una visión científica de los problemas de la
Medicina y combatió el escolasticismo imperante en
su época. Sostuvo y defendió el criterio filosófico
de que las posibilidades cognoscitivas del hombre no nacen
limitadas, pues éste está dotado de las facultades
necesarias para desentrañar con éxito los secretos
recónditos de la naturaleza.
Esta
es una tesis muy importante y contrastante con el criterio
preconizado por la filosofía predominante en su tiempo,
que subestimaba la capacidad cognoscitiva del ser humano.
El
doctor Tomás Romay falleció víctima de
cáncer en la madrugada del 30 de marzo 1849 en su hogar
en su domicilio de Obispo No. 16 en La Habana Vieja.
En
el acto de darle sepultura, el doctor Nicolás José
Gutiérrez, legítimo heredero de su pensamiento
filosófico, dijo que "entre los hijos de este
suelo que han servido con gloria a las ciencias, ilustrando
al país y honrando a la humanidad, el Dr. Tomás
Romay es sin disputa uno de los más beneméritos".
Y el doctor Vicente A. de Castro, quien lo consideró
el Hipócrates habanero, le reconoció en su última
morada: "ni desoíste al necesitado, ni adulaste
al poderoso".
Al
momento de su deceso, Romay ostentaba entre sus muchos títulos
y distinciones los de Miembro Corresponsal de la Real Academia
de Medicina de Madrid, Médico de la Real Cámara,
Catedrático de Clínica de la Real Universidad,
Presidente e Individuo de Mérito de la Sociedad Económica
de Amigos del País, Miembro de la Comisión de
Vacuna de París y de las Sociedades Médicas
de Burdeos y Nueva Orleáns y Caballero Comendador de
Isabel la Católica.
“La
medicina verdadera es la que precave”. Así escribió
José Martí, el Héroe Nacional de Cuba.
El Doctor Tomas Romay legó a las futuras generaciones
de galenos esa visión previsora, pues la prevención
es uno de los principios sobre los que se sustenta la medicina
cubana.
Por
Rommell González Cabrera
(21/12/09 10:30 a.m. hora local)
email: rcabrera@cmad.icrt.cu
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